¿Optimismo o esperanza? Imprimir E-mail
 
 
En muchos consejos para tener una vida más sana y saludable, o para poder enfrentar la cotidianidad de nuestro trabajo y responsabilidad, es un lugar común que se nos diga que debemos tener espíritu positivo, que hay que mirar hacia adelante con optimismo. Es un buen consejo, obviamente. De esa actitud depende mucho la manera como nos coloquemos ante las exigencias permanentes que nos presenta la realidad.
Sin embargo, no basta esta actitud. Muchas veces esta depende de nuestra personalidad. Hay personas que son optimistas por naturaleza. Otras lo son menos, o tienden a ser más bien pesimistas, a mirar sólo lo negativo de la realidad.
 
Pero hay que añadir un ingrediente más profundo a la mirada que tengamos del futuro. Me refiero a la esperanza. Esta no depende simplemente de nuestros rasgos de personalidad. La mirada esperanzada al porvenir tiene un fundamento sólido en el pasado. Por ello es necesario cultivar la memoria, que no es solo recordar los hechos pasados, sino mirarlos en profundidad. Es decir, caer en la cuenta de cómo hemos salido adelante de muchas situaciones que hemos considerado adversas, dificultosas e incluso trágicas. Más aún, esas mismas situaciones que consideramos negativas nos han servido para hacer importantes aprendizajes para nuestra vida, los cuales han significado un real crecimiento como seres humanos más compasivos, comprensivos y amorosos. Terminamos sintiendo que a través de esos momentos duros, resultamos siendo mejores personas.
 
Si miramos esta situación de nuestra vida real con ojos creyentes, descubrimos que Dios mismo estuvo presente allí, no porque nos haya mandado esas cosas negativas (sería un Dios injusto), sino porque al ver el resultado de todo un proceso de superación, sentimos que Él mismo nos acompañó, nos consoló, nos guió y nos hizo crecer hasta parecernos más a su hijo Jesús, siendo más a su imagen y semejanza.
 
Mirar el pasado en esta hondura que tiene, nos sirve, entonces, para tener razones para la esperanza real, para mirar el futuro con disponibilidad, alegría y esperanza. Aún más, hacer ese ejercicio con el pasado nos entrena también para mirar el presente en toda su dimensión profunda. Hace poco tuve la oportunidad de escuchar la experiencia de dos mujeres, la una del oriente antioqueño y la otra de los Montes de María. Fueron escenario de un número escandaloso de masacres. Ellas mismas fueron víctimas de esa violencia. Pero se sobrepusieron a eso e impulsaron organizaciones de mujeres víctimas que, ayudándose unas a las otras, pudieron también superar los grandes traumas que la guerra dejó en sus espíritus y en sus cuerpos, y han ayudado a muchas otras para lograr la reconciliación y el perdón, lo cual ha significado un crecimiento grande a nivel personal, social y comunitario. Como estas, son muchas las experiencias reales que hay en nuestro país. Ellas nos ayudan a mirar nuestro propio futuro con esperanza. Hay muchas razones para ello.
 
José Roberto Arango Londoño, SJ.
Director general
Congregación Mariana
 
 
 

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