Discernir para tomar la mejor decisión posible Imprimir E-mail
 
 
Otro rasgo distintivo de una institución inspirada en la espiritualidad ignaciana, como lo es la nuestra, es el Discernimiento continuo para buscar dar lo mejor de sí misma, conformando una comunidad de discernimiento. Este rasgo se orienta a buscar siempre lo que Dios quiere de la Institución, estableciendo cambios y mejoras dentro del proyecto definido, adaptándose a las condiciones del sector y a la realidad histórica y social.
 
 
Los criterios que se deben utilizar principalmente son: la mayor necesidad, el mayor fruto y el bien más universal (contribuir a cambios estructurales). Atendiendo a estos criterios o claves de un buen juicio, podemos tomar decisiones lo más acertadas posibles.

Esta dinámica de continuo discernimiento implica una evaluación periódica del cumplimiento de la misión y de los rasgos propios de la Organización para establecer los esfuerzos institucionales más necesarios.

Con frecuencia escuchamos la palabra discernir o discernimiento. La imagen que nos puede dar una idea más adecuada, acudiendo a algo concreto, es la de un instrumento que se usa tanto en cocina como en construcción: un cernidor. En cocina, el cernidor se utiliza para separar la harina más gruesa de la más fina.
 
En construcción se conoce como zaranda o tamizador, que se usa también para separar la arena más fina de la gruesa y utilizar aquella que es mejor para la construcción.
 
Discernir es distinguir, separar. En este caso se trata de dejar de lado aquellas opciones o posibilidades buenas, de aquella o aquellas que, después del proceso, nos resultan mejores, aplicados los criterios arriba mencionados y otros que se ven convenientes de acuerdo al asunto tratado.

Por tanto, el discernimiento no se hace entre lo malo y lobueno. En este caso la decisión debe ser por lo bueno y está, de entrada, clara. Lo difícil es cuando se tienen opciones buenas, pero hay que optar por una. El proceso de discernimiento se lleva a cabo para averiguar cuál es la mejor. Todos los días estamos permanentemente decidiendo desde que suena el despertador en la mañana: ¿me levanto ya o espero cinco minuticos más? ¿qué ropa me voy a poner? ¿llevo el hijo a la escuela en taxi o en bus? ¿Ayudo a mi vecina o no? ¿Apoyo a mi compañero de trabajo en tal tarea, o lo dejo solo? … En fin, siempre tenemos que tomar decisiones. Muchas de ellas, por tratarse de asuntos cotidianos, las hacemos casi mecánicamente.
 
Pero cuando se trata de ciertas decisiones que afectan a un colectivo, llámese familia o grupo de trabajo o a toda una institución, hay que tomarlas despacio, hay que dedicar tiempo para pensar.
 
Sin embargo, no solo el pensar es necesario.También tenemos que aprender a sentirnos, porque muchas veces tomamos decisiones aconsejados por miedos, rabias, rencores o retaliaciones. Y, seguro, nos equivocamos.Por ello es bueno tomar conciencia del estado interior en que nos dejan ciertas opciones cuando pensamos en ellas. Los mejores consejeros para acertar son los sentimientos de paz interior, tranquilidad, gozo profundo, disponibilidad y generosidad, esperanza, amor.

Si alguna opción que estamos considerando nos deja con esos sentimientos, por ahí nos debemos orientar. Hacer un buen discernimiento para tomar una adecuada decisión nos debe tomar un buen tiempo y debemos entrenarnos en reconocer los sentimientos que experimentamo y saber valorarlos, saber qué nos indican. Los sentimientos son como síntomas de que una decisión que se está considerando debería ser tomada o rechazada.
 
Muchas veces, además de ese discernimiento personal, las decisiones son de una trascendencia tan grande que no se deben tomar aisladamente. Es necesario, entonces, hacer un discernimiento grupal, comunitario. En este caso no basta el pensar, razonar, reconocer los propios sentimientos y valorarlos, sino que es completamente necesario saber escuchar activamente a los demás, porque el otro puede aportar a mi punto de vista y me puede ayudar a ver y juzgar de forma diferente y, además, puede mover en mí nuevos sentimientos y señales para saber qué opción debemos tomar.
 
Este proceso colectivo toma más tiempo y requiere varias etapas: una previa, para tener claridad sobre aquello sobre lo que se va a decidir, con suficiente información sobre ello; la etapa de discernimiento personal, previa al grupal; otra etapa, ya propiamente grupal, de una primera expresión y escucha de todos los implicados en el discernimiento; otro momento personal para considerar todo lo dicho y ver cómo eso ayudó a que yo viera el problema de mejor manera y cómo también modificó mi opinión, para volverla a formular; finalmente, una segunda etapa de expresión y escucha, con lo cual se irá muy posiblemente fraguando la decisión mejor. Como en toda organización hay unas directivas, es necesario en un discernimiento comunitario o grupal tener muy claro quién o quiénes tomarán definitivamente la decisión, una vez que han oído a todos y han sido enriquecidos para mejor decidir.
 
Este rasgo debe constituir de manera esencial la cultura de una institución ignaciana. Es la forma típica como debemos asumir la cotidianidad. Actuar sin discernir, sin tener presentes los criterios indicados y sin tener el horizonte de nuestra misión y propósito siempre a la vista, sería andar a la deriva, sin rumbo claro, y sería un desgaste inútil de energías que deben ponerse siempre al servicio de la construcción de una mejor sociedad, más justa equitativa y solidaria.
 
José Roberto Arango Londoño, SJ.
Director General Congregación Mariana

 
 
 

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