Cuidemos nuestra casa Imprimir E-mail
 
 
Como institución ignaciana que somos, hay dos rasgos, entre varios, que nos deben caracterizar.
 
Uno es que la persona ocupa un lugar central, porque ella es un fin dentro de la institución, tanto en lo referente a sus destinatarios como a los agentes (colaboradores) de la misma. El otro rasgo es: los medios que utiliza la institución son respetuosos con el medio ambiente.
 

En nuestra organización hay un departamento de gestión ambiental que está permanentemente atento a la forma como todos nosotros realizamos nuestra labor para garantizar que efectivamente estamos cuidando nuestra “Casa Común”, como denomina el Papa Francisco a nuestro planeta. Es muy satisfactorio darse cuenta en los diferentes informes de las obras los beneficios que vamos consiguiendo en ahorro de agua, de papel, de producción de CO2, incluso de petróleo.
 
Pero esta tarea no es sólo de un departamento. La debemos hacer propia cada uno de nosotros, en cada momento. Por ejemplo, cuando vamos a desechar algo, pensemos bien cómo hacerlo, dónde colocar lo que vamos a botar. O pensemos antes si eso de lo que nos vamos a deshacer lo podríamos emplear de otra forma.

Pensar en cuidar nuestra “Casa Común” no es pensar en una cosa externa a nosotros. Si tomamos conciencia de lo que comemos a diario, tenemos que reconocer que vivimos de la tierra. Somos tierra. Gracias a ella tenemos vida. Si cuidamos nuestro planeta, nos cuidamos a nosotros mismos, pensamos en cada uno y en toda la humanidad, pero especialmente en los que más sufren. Y al contrario también es verdad: si no cuidamos nuestra sociedad, nuestros valores, nuestra convivencia ciudadana que debe ser respetuosa, equitativa, reconciliada, tampoco estamos cuidando nuestra tierra, que nos ha sido dada, no para dominarla salvajemente, sino para vivir con ella y de ella, en forma respetuosa y amigable.
 
Con razón nos dice el Papa Francisco: El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social. De hecho, el deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta: «Tanto la experiencia común de la vida ordinaria como la investigación científica demuestran que los más graves efectos de todas las agresiones ambientales los sufre la gente más pobre». (Encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común, n. 48).
 
Cuidar la persona como fin en sí misma, implica, entonces, cuidar el entorno donde vivimos. Aportar con nuestro servicio en las diferentes obras de la Organización VID a la creación de seres humanos solidarios, amorosos, sensibles con los demás y cercanos unos de otros, conlleva también tener una relación amigable con nuestra tierra. Lo uno revierte en lo otro. De esta forma estamos procurando una vida reconciliada en todas sus relaciones: con los otros, con la naturaleza y con Dios, quien nos dio la tierra como nuestra casa para vivir armoniosamente en ella.
 
 
José Roberto Arango Londoño, SJ.
Director General - Congregación Mariana



 
 

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