Navegando en nuestra cultura ignaciana Imprimir E-mail
 
 
Precisamente lo que el título de este escrito indica, es lo que hemos venido haciendo en el programa Navegando Mar Adentro desde su inicio. A partir del segundo semestre del año pasado estamos trabajando un poco más intensamente sobre los rasgos típicos de una institución ignaciana, es decir, de una organización como la nuestra, que ha tomado su inspiración e impulso de la Espiritualidad Ignaciana.
 
Espiritualidad es el arte de vivir conducidos por el Espíritu. Es una serie de pequeños mecanismos o ejercicios que pretenden ir asimilando en la vida cotidiana un estilo de vida que, en nuestro caso, deseamos que sea semejante al de Jesús. Por lo tanto, se trata de que toda nuestra vida, en cualquiera de sus espacios, tenga espontáneamente los mismos sentimientos, actitudes y valores de Jesús, vividos en nuestra situación actual. En otras palabras, la espiritualidad es desatar esos mecanismos que vayan logrando que el estilo de Jesús, que para nosotros es el mismo de Dios, se vuelva parte de nuestra cultura.
 
Nuestra espiritualidad tiene un calificativo: es ignaciana. Esto quiere decir que tiene el sello o las características de la forma como Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús (jesuitas), logró volver natural y espontáneo en su vida, el proceder de Jesús.
 
El lema de la Espiritualidad Ignaciana es “en todo Amar y Servir”. Para vivir con este lema, no basta decirlo. Diariamente es necesario buscar cómo es posible para cada uno amar y servir en concreto, en cada situación, en el hogar, en el trabajo, en las tareas y procesos que tengo a cargo. En consecuencia, la espiritualidad requiere de un mínimo de disciplina para acostumbrarse a interpretar la realidad que vivo, los sentimientos que se van generando en mí, las invitaciones o movimientos que experimento a cada instante, y poder decidir a cuáles les hago caso y cuáles debo desechar. Esto es lo que llamamos discernimiento: distinguir unos sentimientos de otros y saberlos valorar. De esa forma vamos encontrando el camino mejor, es decir, lo que más se acerca al estilo de Jesús. En la medida en que esta práctica de hacernos conscientes de ellos la vamos integrando en nuestro proceder cotidiano, no solo como individuos, sino como personas en relación dentro de la organización, esta espiritualidad se va volviendo parte de nuestra cultura. El discernimiento es, tal vez, el rasgo más clave de la ignacianidad, porque sin él no podremos, lo más acertadamente posible, en todo amar y servir.
 
Vivir discerniendo qué es lo mejor, supone otro distintivo de nuestra espiritualidad. Es lo que se llama Principio y Fundamento, es decir el para qué de nuestra existencia, el para qué de nuestro trabajo y de cada labor que desempeñamos por pequeña que sea.
Es decir, cuál es el sentido de nuestra vida. Ignacio lo formuló, en lenguaje de hace 5 siglos, diciendo que “el hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto salvar su alma”. Hoy entendemos que el hombre es creado para que tengamos una vida plena, reconciliada, justa, feliz, fraterna, solidaria, que es la manera de alabar, hacer reverencia y servir a Dios en los demás. De esta forma estamos haciendo lo mismo que Dios hace, pues Dios está permanentemente creando hombres y mujeres auténticos. Dios es el primer interesado en el ser humano. Por eso dio su vida, en Jesús, por nosotros.
 
Todo nuestro empeño debe estar orientado por ese Principio y fundamentado en ese servicio continuo. De allí que podemos decir que nuestro propósito sea “Servir con Otros a los Demás para ser Mejores Seres Humanos”. De esta manera contribuimos a la construcción de una sociedad más justa y solidaria, incluyente y así, realmente reconciliada. Esta es nuestra Visión macro que orienta toda nuestra actividad.
 
Sigamos encaminando todo nuestro quehacer a este propósito, discerniendo qué es lo que más nos sirve para lograrlo. Así, nuestra cultura se irá permeando cada vez más de espiritualidad y nuestro trabajo será más gozoso y lleno de sentido.
 
José Roberto Arango Londoño, SJ.
Director General Congregación Mariana

 

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