“PERMANECED EN MI AMOR” Homilía en la Celebración Eucarística de los 80 años de la Congregación Mariana Imprimir E-mail
 
Nuestra celebración, en los 80 años de la Congregación Mariana, tiene un sentido profundode gratitud. Por ello es una verdadera Eucaristía.
 
Las lecturas bíblicas que hemos escuchado enmarcan plenamente nuestra acción de gracias. La imagen de la vid nos lleva al corazón de lo que somos. Un cuerpo eclesial que, motivado por la savia que lo alimenta, Jesús resucitado, se ha dedicado a  buscar los mejores medios para producir fruto.
 
En este año, de diversas formas, hemos tenido la oportunidad de volver a mirar nuestra historia, desde los primeros pasos apostólicos con las catequesis, la sopa para el pobre, el Centro Médico, el Edificio del Pobre y tantos otros, hasta las obras consolidadas que hoy tenemos. Ignacio nos enseña, en la Contemplación para alcanzar Amor, a pedir “conocimiento interno de tanto bien recibido para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su Divina Majestad”. Por esto, al mirar todos los frutos producidos, no nos podemos quedar en la superficie de los mismos, sino ver la profundidad que ellos entrañan.
 
Podemos sentirnos gozosos y felices porque hemos tratado de cumplir el deseo del Señor, quien nos ha elegido para que vayamos y demos fruto; este fruto no solo ha permanecido sino que ha venido creciendo. Al mismo tiempo, al darnos cuenta de lo logrado, debemos también reconocer a Aquel que lo ha hecho posible. Esta es la auténtica humildad: mirar la realidad como es, y penetrar en ella para constatar con gratitud, que todo desciende de arriba, como nos enseña también Ignacio en la misma contemplación citada.
 
En efecto, estos frutos que con gozo traemos hoy ante el altar, es decir, las trece obras de la Congregación Mariana, comenzaron y se han venido nutriendo de la vida nueva del Resucitado. Un grupo de congregantes marianos del Colegio San Ignacio, movido por el amor a Jesucristo y amparado en nuestra amorosa madre, María Santísima, quiso prolongar en la historia el amor de Dios, haciendo lo que él nos manda, como dice Jesús hoy en el Evangelio de Juan. Hoy reconocemos que separados del Señor nada podemos hacer y que todo lo realizado se ha debido a que siempre hemos estado adheridos a él, no sin vaivenes y dificultades, pero siempre confiados en su mirada amorosa que nos restaura y nos integra según su voluntad.
 
Hoy también podemos constatar que el Señor nos ha ido constituyendo sus discípulos y apóstoles, pues de muchas formas y a muchísimas personas, con nuestro empeño, con nuestro servicio, con la calidad y calidez humana de lo que hacemos, les hemos dicho: levántate y anda, como Pedro al paralítico del templo. Esto sólo lo podemos hacer, de Nazaret. Nuestra evangelización a través de cada uno de nuestros servicios y de todas las operaciones y procesos que ellos implican, consiste en ayudar a caminar mejor y con más sentido en la vida: con mejor salud, con más unión familiar, con problemas esenciales resueltos como los que tienen que ver con la vivienda o con la educación, proporcionando espacios para la espiritualidad y el cultivo interior. Allí en esa actividad estamos construyendo mejores seres humanos y esto es precisamente de lo que se ocupa Dios nuestro Señor, esa es su acción creadora permanente. No tenemos que pedirle a Dios que entre en nuestra vida para hacer las cosas mejor, sino que él ya está unido a nosotros en forma irreversible y está inspirando toda nuestra actividad. El criterio para saber si realmente estamos acogiendo esa unidad que él hace con nosotros es el único mandamiento que hoy escuchamos de nuevo: que nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado, es decir, entregándonos hasta el final. Esta presencia actuante de Dios a través de nosotro cuando la comunicamos, completa, explicita y sella la obra evangelizadora.
 
De allí que hoy, en esta celebración, por la acogida de la comunión que Dios nos ofrece permanentemente y que aquí estamos festejando sacramentalmente, renovamos también nuestro compromiso de permanecer unidos a él, como sarmientos que somos, a la vid que es Jesucristo. En la lectura que acabamos de hacer se nos insiste en esto: “Permaneced en mí”. Si no permanecemos unidos a la vid, no permanecemos en el Señor. El verbo permanecer, en positivo o en negativo aparece 10 veces en este texto de Juan, y con el mismo sentido, una vez el verbo estar. Esta permanencia o unión a Jesucristo es la condición para dar mucho fruto, y se vive y actúa permitiendo que la palabra viva de Jesucristo permanezca en nosotros, esa palabra que es compasión, amor, misericordia, perdón y reconciliación. Estar en el Señor, unirnos a su palabra creadora con nuestras acciones, dejarnos inundar del amor de Dios para hacerlo visible en esa misma forma, es el gozo y la consolación que hoy podemos experimentar. Sin duda, estos 80 años han sido una gran historia de gracia. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres de poder ser su aparición pascual para muchas personas. Tanta gracia recibida nos lleva, por la misma dinámica del don, a proyectarnos hacia el futuro como dones mejores, cada día más pertinentes de acuerdo con los momentos que vamos viviendo en nuestra sociedad y hoy, de manera particular en este proceso de construcción de la paz en este país, que nos tomará muchos años. Esta dinámica de la gracia que se encarna en el aquí y el ahora nacional nos exige cambios, dejar de lado conceptos o costumbres que nos pueden paralizar y nos dejan encerrados en nuestros esquemas mentales.
 
Permanezcan en mi amor, nos dice el Señor. Y su amo es operativo, dinámico, generoso, encarnado, audaz, transformador. Celebrar estos 80 años de la Congregación es ponernos de nuevo en manos de Dios Padre de la vida, y del Señor Jesús, nuestro hermano mayor, camino, verdad y vida, impulsados por el Espíritu Santo que, como el viento, sopla donde quiere y en la dirección que quiere, para dejarnos llevar por su impulso hacia el futuro, confiados en el Resucitado que quiere seguirse apareciendo a través de nosotros y con la discreta y tierna compañía de María quien, como en Caná de Galilea, nos dice: “hagan lo que Él les diga”. Sólo permaneciendo unidos a él, podremos escuchar lo que él nos dice en cada momento de la historia por venir de esta Congregación Mariana. Que nuestra Señora de los Dolores, de los dolores de tantos hombres y mujeres de este país en los cuales Cristo sigue padeciendo, nos enseñe a acompañarlos como ella, siempre solidarios y cercanos, y siga inspirando y bendiciendo nuestro caminar. Amén.
 
José Roberto Arango Londoño, SJ.
Director General
Congregación Mariana
 
 

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